“Songs my brothers taught me” (2015)
“Los valores de los lakotas llevan a una vida mejor”. Así reza uno de los carteles expuestos en la oficina de empleo que visita Brady Jandreau, el protagonista de “The Rider”, la segunda película de Chloé Zhao, que entronca con el título que aquí se comenta y que fue su ópera prima, “Songs my brothers taught me”. Un relato creado por Zhao que se centra en las distintas vicisitudes que afrontan tres hermanos lakotas, indios nativos que habitan en Estados Unidos. Para profundizar algo más en el sometimiento de los indios en Estados Unidos a lo largo de la historia, conviene acudir al detallado libro, “Enterrad mi corazón en Wounded Knee” de Dee Brown.
“Songs my brothers taught me”
fue rodada en la Reserva de Pine Ridge, al igual que “The Rider”, y toma como principal punto de vista el del hermano
mediano, Johnny Winters, cuyo corazón se haya dividido entre su querida hermana,
Jashaun, y su novia, Aurelia, mientras se dedica a trapichear con la venta
ilegal de alcohol y le zumban en los combates de boxeo a los que se presenta con
poca convicción y preparación.
Zhao, en sus dos primeros trabajos en el largometraje ha mostrado hacia
dónde se decanta especialmente la temática que le interesa: la orfandad y su tránsito
hacia una educación desestructurada; la difícil toma de decisiones que
trastocan toda una vida; y, por supuesto, la relación fraternal e incondicional
de los hermanos, en este caso, la preocupación y protección del hermano por la
hermana. Algo de ello también se puede apreciar en “Hamnet”, la magnífica adaptación cinematográfica que escribe al
alimón con la autora de la novela, Maggie O’Farrell.
El afecto o distancia entre
hermanos, esa especial vinculación familiar, es una cuestión abordada de
distintas formas en muchas películas. Y así, tomo en consideración, “Las hermanas Munekata”, en donde Ozu con
su atemperado ritmo narrativo, muestra el rígido y pasional auxilio de Mariko
con respecto a su agobiada hermana mayor, Setsuko (como curiosidad pertinente,
la frase de Don Quijote que figura detrás de la barra del bar “Acacia”, que regenta Setsuko: “Bebo cuando tengo gana, y también cuando no
la tengo”). Asimismo, ese vínculo de hermandad se encuentra en “Al este del Edén”, de Elia Kazan, en la
que la compleja y atormentada personalidad de Cal (como la propia vida del
actor que le caracteriza, James Dean) vicia la ordenada existencia que lleva su
hermano Aron y que declina en ese desesperado final. También Jim Jarmusch en “Father Mother Sister Brother”, aporta la
sincera complicidad y empatía entre Skye y Billy, en el último episodio de los
tres que componen este retrato de familia.
De igual manera, David Lynch en una
“Una historia verdadera” nos contaba
el largo, estrambótico, pero sobre todo, muy afectivo viaje que emprendía el ya
mayor Alvin Straight para ir a visitar a su hermano, Lyle, aquejado de un
problema cardíaco. Algo parecido menciona Lin Yutang en su magnífico libro “La importancia de vivir”, cuando hace
alusión al caso de Yen Yüan, uno de los más grandes líderes confucionistas del
siglo XVII. Yüan salió en busca de su hermano albergando la esperanza de que
pudiera tener un hijo que él no tenía y, así, asegurar la progenie de la
estirpe. Después de años de intensa búsqueda, el hijo de ese hermano que
intentaba encontrar, le reconoció al advertir el nombre de su padre en el
paraguas que Yüan llevaba consigo y que le servía de reclamo. No llegó a tiempo
de poder abrazar a su hermano, pero se consoló sabiendo de la descendencia
familiar.
“Busqué mi alma, pero no la vi. Busqué a mi dios, pero me eludió. Busqué
a mi hermano y los encontré a los tres.”
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