“El mensajero” (1971)

“El pasado es un país extranjero: allí las cosas se hacen de otra manera.”

Este poético y llamativo prólogo corresponde a la estupenda novela de L. (Leslie) P. (Poles) Hartley, “El mensajero”, adaptada al cine con el mismo título por Joseph Losey, y con guion de Harold Pinter. Mediante una estructura narrativa de carácter retrospectivo, Hartley desarrolla la evolución emocional del joven Leo Colston, en la siempre compleja etapa vital que supone el pasar de infante a adolescente, todo ello en un verano en que es invitado por la distinguida familia de un amigo de colegio.

Verano, ese tiempo de esparcimiento y ocio, pero también de activación de la memoria, de acontecimientos indelebles que en su día nos pudieron marcar positiva o negativamente. Películas como “Aftersun”, de Charlotte Wells, o “Verano del 42”, de Robert Mulligan, dejan constancia de esas sensaciones cálidas e inolvidables que vuelven reiteradamente al presente de quien las ha vivido.

Más allá de los viajes de ida y vuelta sobre los derechos de la obra de Hartley para adaptarla a la gran pantalla, el hecho es que el proyecto finalmente recayó en manos de Losey, que estaba muy interesado en la obra de Hartley, tanto como el propio Pinter. A este reputado dúo de autores, se les unió para la parte musical el prolífico y excelente compositor Michel Legrand. Reflejo de esa motivación particular en la adaptación se puede apreciar en el cuidado diseño de producción, en el que destacan las fantásticas localizaciones, los detallados decorados interiores y el cuidado vestuario.

A partir de la idealizada imagen de Marian, la hermana del amigo (representada por Julie Christie), tanto la novela, como su adaptación se posicionan en los recuerdos de la metamorfosis que Leo experimentó ante la aparición deslumbrante de esa presencia femenina, y del interés y atención que ésta le dispensó. En este sentido, hay que resaltar la fuerza y belleza de las palabras contenidas en el relato literario en el momento de transmitir lo que aquí se comenta. Una muestra de ello es el lenguaje introspectivo de Leo (en la interpretación de Dominic Guard) después de ver a Marian hecha un mar de lágrimas, muy similar a ese preámbulo al que se ha hecho referencia: “Salí a la calle consciente de ser un extranjero en el mundo de las emociones, ignorante de su lenguaje pero viéndome obligado a escucharlo.”

Además de la focalización del argumento sobre el personaje de Leo, cabe destacar, igualmente, la descripción en paralelo de la relación sentimental que se desenvuelve entre Marian y Ted Burgess, un campesino que se hospeda a pocos metros de la mansión de la familia Maudsley. Un vínculo que rememora al también famoso emparejamiento creado en el magín de D. (David) H. (Herbert) Lawrence, entre Connie, otra dama de alta sociedad, y Oliver Mellors, el jardinero, en su famosa obra, “El amante de Lady Chatterley”. La fuerza del amor a pesar de las diferencias sociales y la inaceptabilidad de su consolidación en el entorno familiar. En este caso, serviría un ejemplo más para resaltar la exaltación de la escritura, en este caso de Lawrence, a la hora de describir los sentimientos desbordados de un personaje. Sería en la última carta que Mellors escribe a Connie: “No hay seguridad frente al futuro, a no ser creyendo en lo mejor que llevamos dentro y en la potencia que hay por encima de todo ello. Y así yo creo en la pequeña llama que hay entre nosotros. Para mí es ahora lo único que hay de positivo en el mundo. No tengo amigos, amigos íntimos. Sólo te tengo a ti. Y esa pequeña llama es lo único que me importa ahora en la vida. (…) No te preocupes, no te preocupes, no debemos torturarnos. Confiemos realmente en la pequeña llama y en el dios sin nombre que impide que se extinga. Realmente hay aquí tanto de ti conmigo, que es una pena que no estés toda tú a mi lado.”

Joseph Losey (incluido en el grupo de directores denominado “The far side of Paradise” por el estudioso del cine, Andrew Sarris) afrontó el reto de transformar la palabra en imagen, arriesgando mucho en ello debido a la excelencia de la escritura de Hartley, pero hay que reconocer que salió dignamente del empeño. Y es que el escritor británico estaba en estado de gracia. Volvamos, finalmente, al joven Leo: “Hay cosas que sé, aunque ignoro cómo, y cosas que recuerdo. Algunas tienen categoría de hechos, aunque no vayan acompañadas de imágenes; pero también hay imágenes no corroboradas por ningún hecho y que se repiten obsesivamente, como el paisaje de un sueño.”

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